Cada miércoles un cuento en El Estafador

martes, 8 de marzo de 2011

Tres recuerdos de infancia

1. El primero me va a servir para hacer mención al día de la mujer (trabajadora). Es que es de mi madre.

Cuando era pequeño, mi madre era mi madre, quiero decir, era la persona que me llevaba y me recogía del colegio, la que me acompañaba al médico y se peleaba conmigo para que me tomara el jarabe, la que me mandaba a la cama... En fin, lo típico. Todas esas cosas eran familiares, hogareñas, desprovistas de el más mínimo glamour.

Una tarde vino una tía mía de visita a casa. Mi madre y ella se tomaron un té. Yo estaba por ahí, supongo que dando el follón. Vi cómo mi madre sacaba la bolsita del té y con un preciso movimiento la escurría usando la cuchara. Nunca había visto hacer algo así y mi madre, la misma que siempre andaba con el delantal puesto (como yo ahora, por cierto), me pareció la persona más elegante del mundo.

2. Por entonces, comíamos en una mesa que estaba muy cerca de un ventanal que daba al patio (exterior) de la comunidad de vecinos. En concreto daba a la portería.

Un día, estaba intentando comerme una carne que se me hacía bola y no conseguía tragar. No se me ocurrió otra cosa que ir masticando los trozos para, después, tirarlos sucesivamente por la ventana. Sabía que al entrar o salir del edificio, mis padres verían los trozos de comida escupida y sabrían que había sido yo pero las amenazas por no comerme la comida ese día estaban siendo especialmente espeluznantes. Había que correr el riesgo.

Por la tarde, cuando salimos al patio a jugar, cerré los ojos y me preparé para la regañia. Pero no pasó nada. Los trozos no estaban. Pensé que había sido un milagro, que dios era justo y se preocupaba por sus criaturas. Lo que pasé en realidad fue que el vecino del primero tenía echado su toldo y allí se quedaron los trozos masticados de ternera.

3. Estaba malísimo pero era una de esas enfermedades sin fiebre. Qué rabia, me decía, unas decimillas más de temperatura y me libraría de ir al cole. Por fortuna, siempre he sido muy ingenioso y no ha habido problema al que no le encontrara una solución. Existosa o no era lo de menos. Cogí el termómemtro que me acababan de poner en la axila y, aprovechando que nadie miraba, lo acerqué a una bombilla. Y subió más allá de la señal de 37º. De hecho, subió hasta el infinito y más allá porque se rompió y el mercurio se desaparramó por toda la cama.

No recuerdo qué paso después pero estoy seguro de que estuvimos un buen rato jugando con las bolicas de mercurio, que sería muy tóxico pero molaba un montón. La ignorancia da la felicidad.

2 comentarios:

Paula dijo...

Las bolitas de mercurio eran la repera.
Ahora tengo en casa tres termómetros, y no somos capaces de averiguar a ciencia cierta si tenemos fiebre o no.
Por suerte siempre nos quedará el método de la mano vuelta sobre la frente. Ese sí que no falla.

Pilar dijo...

La madre de uno pasa por muechas etapas ¿verdad? primero es todo dulzura, luego nos amarga la existencia, después no nos comprende, luego no se entera, hasta que empezamos nosotros a comprenderlas a ellas y entonces vuelven a ser encantadoras, en el más ampliio sentido de la palabra... es un gusto tener una madre de la que guardes bonitos recuerdos y... provocarlos tú en tus hijos en un futuro también como madre o padre... dependiendo de los casos... cada uno con sus "cadaunadas"...