Cada miércoles un cuento en El Estafador

domingo, 12 de agosto de 2012

Elogio del 15M


Las instituciones provocan pena cuando no desprecio. Es lo que se merece un ente cuyo principal objetivo, si no el único, es la supervivencia. No hay institución que no lo sacrifique todo por seguir existiendo. Es una cuestión de dramas y definiciones porque si decide anteponer otros fines a la supervivencia, deja de ser institución. Al 15M le queda mucho todavía para institucionalizarse aunque ya se ven síntomas por aquí y por allá, como los tontacos que han formado una asociación usando el nombre de DRY. Este es un peligro y son varios los defectos. Desde el principio me ha llamado la atención ese empeño en afirmar que en el 15M cabe todo el mundo. En lo que a mí respecta, no pienso trabajar con fascistas, homófobos, racistas o machistas. Y se me ponen los pelos como escarpias al ver a los papanatas de UpyD pululando por ahí o a los del PSOE que se creen que, por poner un ejemplo, mayo de 2010 no existió. La pusilanimidad y el buenísmo también han campado a sus anchas en parte del movimiento. Menuda se lió cuando en Murcia se intentó hacer en Carrefour una acción similar a la ejecutada por el SAT en Mercadona. No se concluyó porque, al ponerse en medio los seguratas, los carros llenos de comida se abandonaron. Incluso se intentó devolver los alimentos a sus estantes pero no fue posible. Les dijeron de todo a los de la Comisión de Acción. En fin.



Exhibido el espíritu crítico, voy al elogio. Un trabajador que participó en la huelga de la construcción en Granada allá por el 1970 explicaba lo siguiente:

Los centros de trabajo eran verdaderas escuelas, donde los jóvenes aprendíamos el sentido de la vida y las razones para luchar por una vida distinta. En las horas del bocadillo, a las diez de la mañana, y de la comida del mediodía, todos los trabajadores se reunían alrededor de un fuego, si era invierno, o alrededor de un botijo de agua, si era verano. En esas mini asambleas se podía hablar de todo, y casi en total libertad, siendo así como muchos de los que ahora tenemos más de cincuenta años forjamos nuestro espíritu de rebeldía (*).

Estaba la fábrica, el centro de trabajo y estaba la universidad, el centro de estudio. En pasado mondo y lirondo.



El obrero masa, ese que podía ser intercambiado por cualquier otro porque su labor consistía poco más que en ser una pieza de la máquina, llegó a convertirse en un verdadero problema. Su alienación trocó en virtud y miles de obreros masa consiguieron organizarse, de forma horizontal, todos iguales, todos con el mismo compromiso, todos con las mismas demandas. Esa fuerza descomunal acabó siendo anulada al precio de hacer desaparecer al obrero masa. Los grandes centros de trabajo se atomizaron y aparecieron toda clase de trabajadores, digamos, intelectuales: desde oficinistas a sociólogos (**).

¿Y qué decir de la Universidad? La endogamia de los departamentos deja en ridículo la sangre estancada de las monarquías europeas y el sentido crítico, la protesta, las ganas de cambiar el mundo y etcétera se quedaron relegados a los libros de historia, a algunos libros de historia, o a pobres bravuconadas de cantina. Claro que hay gente en la universidad que intenta organizarse y luchar pero son agujas intentando sobrevivir en un pajar de inmundicia.



Deshecha la fábrica e idiotizada la universidad, ¿dónde encontrarse? ¿Dónde conocer gente con ideas similares, con inquietudes parecidas, con la misma rabia palpitando en las arterias y la misma convicción de que se acabó lo que se daba? ¿Dónde hacer planes de futuro? ¿Dónde imaginar un mundo mejor? ¿Dónde aprender de los compañeros que saben más o que saben otras cosas? ¿Dónde pronunciar y oír palabras? ¿Dónde compartir el calor del fuego o el agua fresca de un botijo? ¿Dónde producir la inteligencia colectiva? ¿Dónde debatir soluciones para mis problemas y los tuyos? El 15M vino a resolver estas preguntas y señaló las calles y las plazas como nuevas fábricas y universidades, nuevas espacios en los que llevar a cabo el encuentro, practicar la palabra, diseñar la acción. El 15M tomó las plazas y decidió multiplicarse en los barrios. Son decenas las asambleas locales que están trabajado, decenas los grupos de trabajo, decenas las iniciativas puestas en marcha. Personas que hace poco más de un año no se conocían se sienten, ahora, compañeros, han aprendido a confiar unos en otros, se escuchan, se ceden la palabra, se intercambian ideas y se la juegan juntos. Esta virtud, pase lo que pase, no se le podrá negar al 15M.

(*) Memorias inéditas de Pedro Ortega, actualmente militante de la CGT. Citado por Remigio Mesa Encinas en “La huelga de 1970 en Granada”.

(**) Si la desaparición de los grandes centros de trabajo y su influencia en la vida de la ciudad ahogó al movimiento obrero, habría que señalar algunas cosas sobre el paro como elemento de lucha/ajuste/castigo contra la clase alienada/explotada. Tal vez en otro post.

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