Cada miércoles un cuento en El Estafador

jueves, 30 de abril de 2009

Servicio público: Productos no tan buenos como se anuncian


Este es el típico post que habría que empezar diciendo: Si me pusiera a enumerar todos los productos que no son tan buenos como anuncian podrían darme las uvas y etcétera.

Hecha ya esta aclaración, puedo ir al grano.

Hoy, queridas amigas y amigos, quiero hablaros de dos productos que no son tan buenos como anuncian.

El primero son los quita rozaduras del coche. Quizás sirvan si la rozadura es de dimensiones microscópicas, puede ser. Pero basta con que sea visible al ojo humano para que no sea eliminada por el supuesto producto milagro. Tan ilusionado que estaba yo con poder dejar mi coche como nuevo...

El segundo son los desodorantes antitranspiración. Debo reconocer que, en el caso anterior, solo he usado un producto, por lo que puede ser que me haya precipitado en mi juicio. Pero, en este segundo caso son varios los que llevo probados (incluido alguno que otro de farmacia) y no hay forma de levantar el brazo sin parecerme a Camacho dirigiendo a la selección española en el Mundial de Japón y Corea. Desastroso.

miércoles, 29 de abril de 2009

Javier Ortiz

Él no lo sabía, pero compatíamos militancia. También compartíamos palabras, las que él escribía y yo leía.

Creo que ya he contado alguna vez que los periódicos los ojeo, con suerte. Pero su columna en Público la leía siempre que este diario caía en mis manos. Hay quien va de guay y dice que le gusta leer a gente que piensa distinto para reflexionar y ser crítico. A mí me gusta leer a la gente que piensa más o menos como yo y refuerza mis ideas. Si además esa gente escribe bien, mejor que mejor. Es un poco como enamorarse: la persona de la que me he enamorado yo es la mejor del mundo, ergo yo también molo.

La última columna aparecida en el periódico, su propio obituario, me parece emocionante y brillante a la vez. Ahí mismo cuenta que lo primero que publicó fue también una necrológica. Lo que nos sitúa ante un círculo perfecto.

Copio y pego:


OBITUARIO

Javier Ortiz, columnista

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).

Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.

______

Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.


(Esta era, es, el tiempo digital es aún más incomprensible que el real, su página web)

martes, 28 de abril de 2009

Murcia, mañana, será republicana.



Me he metido mucho con Murcia... y seguiré haciéndolo. Creo que mi carácter encajaría mejor con una ciudad tipo Berlín, Oslo o Quebec. Ya me mudaré cuando llegué el momento. Pero no todo en Murcia es malo. En el aniversario de la República, algunos buzones aparecieron pintados tal y como se ven en las fotos. Y yo me sentí un poco reconciliado con mi ciudad.

O mucho me equivoco o uno de mis primos tuvo que ver con el asunto. Así que aprovecho la ocasión para mandarle un mensaje: O me devuelves ya el DK2 o me hago monárquico.




lunes, 27 de abril de 2009

Bestiario del hombre ama de casa: El ratoncito del estudio


No hace falta ser una cabra para acabar siendo un chivo expiatorio. Que se lo digan sino al ratoncito del estudio.
El ratoncito del estudio es uno de esos animales que han nacido con el gen X, ya sabéis: ese gen alterado que te dota de ciertos poderes mutantes. En este caso, el ratoncito es capaz de viajar entre lo real y lo imaginario. Igual está en el mundo de los cuentos que está en nuestro estudio.
Al poco de nacer Juan, empezamos a jugar a que en el estudio había un ratoncito. Yo pongo voz pitufada y me hago pasar por el roedor. Al ratoncito no le gusta un pelo que le suplante. Dice que su voz no es tan aflautada y que no dice tantas tonterías como yo.
Desde hace unos años es uno más de la familia. Para lo bueno y para lo malo. Juan ha encontrado en él el chivo expiatorio ideal porque nunca niega las acusaciones. ¡Juan! ¿Quién ha vaciado las cremas carísimas de mamá? No he sido yo, Fede, ha sido el ratoncito del estudio. ¡Juan! ¿Quién ha escondido es esa caja mi móvil? llevo días buscándolo. No he sido yo, Fede, ha sido el ratoncito del estudio. ¡Juan! ¿Quién ha estado dando martillazos en la pared? No he sido yo, Fede, ha sido el ratoncito del estudio. Y etcétera.
Sospecho que están conchabados pero no he podido demostrarlo todavía. Tampoco sé qué recibe el ratón a cambio de asumir todas las barbaridades de Juan. Como siempre, me temo lo peor.
Postdata: En clase de Juan están aprendiendo a dibujar gatos. Esto explicaría el aspecto afelinado con que lo ha dibujado. O eso o el gen X ha sufrido una mutación secundaria que permite al ratón transformarse en gato cuando le venga en gana.
Próxima entrega: Mamá cabritilla (homenaje a las madres en su día)

sábado, 25 de abril de 2009

Hazaña




Hoy hemos estado Juan, Darío y un servidor en dos fiestas de cumpleaños. Y hemos conseguido volver sin ninguna baja.


La foto de arriba la he tomado en el momento de una de las piñatas.


Reivindicación: ¿Para cuándo un Real Decreto que castigue con pena de muerte (lenta y dolorosa) a quien regale ropa en un cumpleaños infantil?

Día del libro (continuación)


Sigo con el post que empecé el jueves y que tuve que dejar a medio porque mis hijos se estaban masticando el uno al otro, y hay cosas que un padre no puede permitir.

Spoiler

Con 5º y 6º hemos jugado a los cuentos alternativos. Un rollo What If, que dirían en Marvel. Tenían que reescribir un cuento clásico pero con una serie de cambios que yo les proponía: el príncipe de Blancanieves era princesa, en los tres cerditos salía Arguiñano, Cenicienta estaba ambienta en un escenario futurista y etcétera.

Con 1º, 2º, 3º y 4º hemos jugado a la narración equivocada. Yo les contaba un cuento con errores y ellos me tenían que ir corrigiendo. Esta actividad es muy divertida y se lo pasaron de muerte.

Para Infantil preparé un cuento super elaborado. Un padre le cuenta el cuento de por la noche a su hijo pero el final está cambiado: el cazador no aparece y el lobo feroz se larga tan pancho con Caperucita y la abuelita en la barriga. A la noche siguiente, los besos de amor verdadero del príncipe no surten efecto y Blancanieves no se despierta. El niño decide investigar y descubre que el Lobo feroz, la Bruja y el Ogro se han adueñado del mundo de los cuentos. Con la ayuda de una amiga (y del auditorio) tendrá que conseguir que todo vuelva a ser como siempre.

Guardaba la trama en secreto pero cometí el error de avanzarle algo a Juan, al que le faltó tiempo para contarlo en clase y destriparme el misterio. La próxima vez no le pienso decir nada, por mucho que me insista.

Campeón

Todo lo anterior lo hice con Darío, que se portó razonablemente bien. A media mañana lo tuve que dormir en brazos mientras contaba un cuento mal y veinte criaturas me gritaban cada vez que les decía que la caperuza era verde o el lobo vegetariano.

Recompensa

Al acabar, el equipo directivo del cole, me dijo que no sabía cómo darme las gracias. Estuvimos estudiando varias posibilidades y al final acordamos que me abrirían una cuenta en las Islas Caimán con chorrocientos billones (europeos) de dólares canadienses.

En la Fnac

Ayer fuimos a la Fnac a comprar un par de regalos. En la zona de libros infantiles, un niño tenía un libro molón de dinosaurios y le dijo a su madre que ese, ese era el que quería que le compraran. Ese no, dijo la madre, uno de leer (sic). Pero si este tiene palabras, mamá, mira cómo las leo, le explicó el niño, mucho más listo que su progenitora.

Pensé en intervenir y recomendarle a la madre que le regalara los siete tomos de En busca del tiempo perdido para que el niño se hartara de leer, pero luego consideré que mejor no me complicaba.

Con una madre así de idiota, ese niño tiene todas las papeletas de acabar odiando la lectura.

Quijote

¿Por qué todos los años celebran el día del libro leyendo en voz alta el Quijote? ¿No hay otro libro que leer? Vale, se entrega el Cervantes pero ¿este autor no escribió nada más? ¿Y por qué empiezan siempre por el principio? ¿Por qué no empiezan cada vez por un capítulo distinto para que cuando estén todos los periodistas se escuche algo distinto del manido En un lugar de la Mancha...? Qué aburrimiento.

Me comprometo, aquí y ahora, solemnemente a, cuando me den el Cervantes, negarme a leer el Quijote y recibir el premio de manos del Rey. Dicho queda.