Cada miércoles un cuento en El Estafador

jueves, 16 de julio de 2009

Darío y el columpio


En un momento de enajenación, si no no me lo explico, alguien en el Ayuntamiento de Murcia decidió poner columpios para bebés, de esos con forma de cesta, en los parques de la ciudad. ¡También en Espinardo! Lo nunca visto.
Darío estaba al tanto, ya los conocía de Gijón y Albacete, y en cuanto los vio supo qué es lo que quería: columpiarse. Además, para los parques tiene el mismo sexto sentido que yo tenía antes con los kioskos y ahora con los outlet. Si pasa a menos de trescientos metros de uno, lo detecta.

Desde que mi hermana Marina era pequeña que no pasaba tanto tiempo columpiando a alguien. Se mete allí dentro, en la barquita con forma de pañal, y el tiempo se para. No hay calor, ni sed, ni hambre, ni nada de nada. Solo el balanceo y él. Incluso da cabezadas, como sus padres viendo la tele.

Encima del columpio, se sabe todas las respuestas. Darío ¿tienes calor? Pues no. ¿Tienes hambre? Pues no. ¿Nos vamos a casa con mamá? No. Si nos vamos a casa, te pongo la peli de los nai-nais (Los Aristogatos). Pues no. Al final, cuando siento que la autocombustión espontánea se hace inminente, lo saco del columpio y, a rastras, lo llevo a casa.

La rabieta, al contrario de lo que dicta la lógica adulta, no es proporcional al tiempo que ha estado columpiándose. Da igual si ha estado cinco minutos o cuarenta y cinco (nuestro récord, de momento). La rabieta es la variable independiente, vale lo que vale por sí misma, sin depender de nada más.

miércoles, 15 de julio de 2009

¡Pillado!

Con espanto se hablaba de los muchos libros que leían.
El idiota, F.M. Dostoyevski

Ella: ¿Qué haces? Servidor: ¿Yo? Eeee... nada. ¿Nada? Estás leyendo. ¿Esto? Ah, sí, pero solo por encima. Ese libro es de Dostoyevski, y habíamos quedado en que no lo volverías a leer. Es que estaba en la biblioteca, lo vi y lo cogí para echarle un vistazo. Ya decía yo que últimamente suspirabas más de lo normal. Mañana mismo lo estás devolviendo. Pero si solo me faltan 600 páginas para terminarlo y resulta que el príncipe Liov Nikoláyevich Mischkin, que es príncipe pero pobre como una rata, le va a decir a Nastasia Filíppovna que no se case con Gania, que solo la quiere por su dinero, que así se lo ha confirmado Aglaya Yepánchina. Nastasia es huérfana y Afanasii Ivánovich estuvo aprovechándose de ella hasta que se cansó y decidió casarse con la hermana mayor de Aglaya, hija del general Iván Fiodórovich Yepanchin. Entonces Nastasia le montó un escándalo y prometió decir a todo el mundo lo que había estado con ella. Totskii y el general... ¿Quién? Totskii es Afanasii Ivánovich. Ah. Lo que te decía, entre los dos le proponen que se case con Gania, que es secretario del general, y le ponen una dote de miles de rublos. Y luego te metes conmigo si veo un rato de Dónde estás corazón. Mujer, no es lo mismo. Pues se parece mucho. Lo dicho: Mañana mismo lo estás devolviendo a la biblioteca, y nada de pasarte la noche en blanco hasta que te lo termines.

martes, 14 de julio de 2009

Esta vez sí (crónica deslabazada de un concierto)


Me pasé todo el jueves (el día D) con los dedos de manos y piés cruzados. No sabía que fuera capaz de hacer tantas cosas en esa incomodísima situación. Y es que no basta con tenerlo todo arreglado para ir a un concierto, la suerte debe estar de tu parte o no hay nada que hacer.

A la hora acordada, llegaron mi madre y mi hermana. Darío y Juan realizaron su ritual de bienvenida, algo así como la danza intimidatoria de los All Blacks. Duchaditos y vestidos para la ocasión, Mercedes y yo partimos rumbo a Cartagena a ver a Marianne Faithfull.

Como no se puede escuchar al artista que uno va a ver antes del concierto, nos pusimos un recopilatorio de los primeros Rolling Stones, amiguísimos de Faithfull por aquel entonces.

Cartagena está a unos 50 km de Murcia pero habré ido dos o tres veces en mi vida. Me conozco mucho mejor Albacete, Madrid o Gijón. Qué cosas. Por suerte, existe Google Maps y ya no hay quien se pierda como antes, a pesar de que en Cartagena no se han molestado en poner las placas con los nombres de las calles.

Al llegar al sitio, le dije a Mercedes que sacara las entradas. ¿Las entradas? Momento de desconcierto. Pero si las llevabas tú. ¿Yo? Te dije que las cogieras antes de salir. A mí no me has dicho nada. No me lo puedo creer, nos hemos dejado las entradas... ¿A que os lo habéis creído? Era mentira. Claro que teníamos las entradas. Ay, cómo nos íbamos a ir sin las entradas.

El concierto era en un lugar que se llama Parque de artillería y, claro, al entrar te encuentras con varios tanques y cañones que dan muy mal rollo. Mal sitio para un concierto.

Con puntualidad británica, al fin y al cabo lo eran, salieron los músicos al escenario. Así debería ser siempre.

Un momento antes, una elegante voz en off presentó a Marianne Faithfull. Me había hartado de escuchar esa mañana a varios locutores de radio hablar de esa actuación diciendo que la cantante tenía la voz rota. Es una expresión muy socorrida que se usa en exceso y que creo que no venía al caso. La presentadora en off habló de una voz tatuada por el tiempo. Más bonito pero no mucho más acertado. Yo voy a arriesgar: La voz de Marianne Faithfull es una voz bellamente nasal.

Con los músicos ya en marcha, salió Faithfull al escenario. Fue un momento emocionantísimo. De ella brotaban una serie de ondas músico-magnéticas que invadieron todo el recinto y que nos hicieron estremecer. Se notaba que ante nosotros se presentaba toda una diva. Y a mí me encantan las divas.

Cuando las emociones desbocadas del principio me dejaron pensar algo, pensé que unas gafas por muy de pasta que sean y por muy molonas no te aseguran ver bien. Y aunque sea en las distancias cortas donde un hombre se la juega, no está de más ver bien en las largas. Después de un rato de intentarlo, conseguí enfocar y verla bien. Entonces pensé que se parecía lo justo a la que salía fotografiada en el disco que me compré. Y tuve un tercer pensamiento: El Photoshop ha hecho mucho daño a la belleza femenina.

Cantó una canción que no conocía que me pareció tremenda:





(La versión en directo que hicieron era mucho mejor, con un bajo que se te iba la cabeza.)

El concierto fue realmente bueno. La banda eran siete músicos que hicieron un despliegue de instrumentos apabullante. Creo que solo les faltó por tocar un sitar. Uno de ellos estaba especializado en mini instrumentos: tocaba el violín (que de suyo es pequeño), una mini guitarra acústica y una mini guitarra eléctrica con su mini ampli y todo.

No pienso volver a ir a un concierto con Mercedes: comparó A Faithfull con Tita Cervera.

Cada vez me incomoda más mi inglés torpe de COU. De vez en cuando, Faithfull hablaba con el público. Yo no me enteraba de nada y odiaba a muerte a los listillos que sí la entendían y le respondían alguna gracia en voz alta.

Al final acabamos todos de pie sabiendo que habíamos visto a una gran artista.

Y, sí, cantó As Tears Go By:



lunes, 13 de julio de 2009

Bestiario del hombre ama de casa: El gato (y III)



Ejemplo del humor fino e inteligente que hace que elhombreamadecasa se parta de risa:


Un hombre entra a un banco con un gatito en brazos, se acerca hasta la cajera y grita: Dadme todo el dinero o aprieto el gatillo.

(Fin de temporada. El Bestiario seguirá en septiembre.)

jueves, 9 de julio de 2009

Los problemas de Juan con la telepatía



Juan odia la telepatía. La odia porque la considera una forma de comunicación inferior y despreciable. Donde esté la comunicación oral que se quite el poder de la mente. Hablar, hablar, hablar, hablar... así hasta el infinito (y más allá).

Los lunes y los miércoles quedan en un parque de Espinardo varias madres del cole. Juan vuelve cuando yo ya estoy en casa, rojo como un tomate y con el pelo chorreando de sudor. Voy corriendo a recibirle y le digo: No hables, no me cuentes nada, que te voy a leer la mente. Entonces pongo mi mano derecha bien abierta sobre su cabeza (mi telepatía es muy rudimentaria y necesita todavía del contacto físico). Lo veo, lo veo, gritó sobreactuando, has estado en el parque con R. y con M. Entonces Juan se enfada mucho, me insulta terriblemente y se aleja calle arriba amenazando con irse de casa. La última vez me gritó: No me hagas eso... que si no no te lo puedo contar yo.